Dialécticas criollas (en beta)

 

Constituye un apunte sobre las confluencias discursivas que determinaron las representaciones paisajísticas en el contexto de las tensiones coloniales del siglo XIX y cómo estas continúan formando parte de un difuso subtexto que aún determina en gran medida la recepción de estas representaciones y su encaje en los discursos culturales contemporáneos.

Dialécticas criollas, 2017
Impresión digital sobre papel baritado, montadas sobre dibond y aluminio
Cuatro de 150 x 150 cm
Una de 150 x 110 cm
Edición 1 de 1

La gran división entre naturaleza y sociedad que se propuso desde el marco científico ilustrado falseó para siempre el punto de vista occidental, que observará la naturaleza como exterior. Un vasto territorio de estudio en el que no es capaz de señalar su huella perceptiva, ni su lenguaje, ni su ordenamiento, ni sus contradicciones, solo un orden natural aparente preparado para su puesta en valor, al tiempo que una escisión artificiosa sobre la que se funda la propia modernidad. Siendo así, el cruce entre territorio y cultura que hemos convenido en denominar paisajes –incluidas las clasificaciones naturalistas– no debería asimilarse como simples dispositivos de representación literal. En ellos, incluso entre los que se esforzaron por limitar todo resto de socialidad, por ahondar en la metódica representación científica, están inscritas las tensiones de la época, en el orden de lo representado, pero también en significativas ausencias.

A partir de algunos paisajes de una historiografía de arte local, de fragmentos de relatos de viaje elegidos casi al azar, de documentos perdidos y encontrados de la historia natural, se vislumbra un espacio asimétrico de intereses políticos y culturales en el que se interviene de forma desigual. Un tanteo que culmina con la independencia de las últimas colonias españolas del Caribe y establece un marco de relaciones que parece aún en suspenso.

Parajes privados o Salon de fumar, 2014
(metafísicas masculinas)
Impresión digital sobre papel baritado
25 x 25 cm
edición 1 de 1

Visita a los jardines, 2017
Impresión digital sobre papel baritado
121 x 150 cm
edición 1 de 1

Sobrenaturaleza

 

Reflexionando, en La mirada del jaguar, sobre la noción sobrenatural y el problema que genera a la antropología aplicar este concepto a las cosmologías primitivas, en las que no existen tampoco nociones de naturaleza, Eduardo Viveiros de Castro encuentra un sentido menos banal a la trama narrativa que a ojos occidentales podríamos percibir como mágica o esotérica: lo que se podría llamar “sobrenaturaleza” tal vez sea esa experiencia propiamente política del combate entre puntos de vista.

Viveiros también comenta que para el indígena la soledad es una experiencia no solo psicológica, sino metafísicamente arriesgada. La soledad crea situaciones de peligro, de enfermedad, de robo del alma y de invasión del cuerpo, de defección y de infección. Pasas al otro lado, te vuelves otro. Aunque las verdaderas muertes por accidente espiritual son muy raras. En los encuentros con espíritus en la selva, casi siempre no pasa nada: pero siempre algo casi sucede. Ese es el “punto” de los encuentros: “el jaguar casi me atrapó”, “casi quedé para siempre en el mundo subterráneo de los jabalíes”, “casi me acosté con aquella víbora que parecía una mujer”, “casi me comieron”. Lo sobrenatural no es lo imaginario, no es lo que sucede en otro mundo. Lo sobrenatural es aquello que casi-sucede en nuestro mundo, o mejor: a nuestro mundo, transformándolo en un casi-otro-mundo.

Sobrenaturaleza, 2017
Impresión digital sobre papel baritado
1523 fotografías de 10 x 15 cm
Instalación en una habitación de madera de 2440 x 4880 x 3240 cm

El abogado y naturalista Domingo Bello y Espinosa (1817-1884) trató de realizar un estudio completo sobre la flora de la isla de Puerto Rico a lo largo treinta años. Poco sabemos de las circunstancias en las que se vio envuelta su empresa. Solo disponemos de unos pocos comentarios de su puño y letra en los que dice que, dadas sus habilidades y su empeño, no necesita valerse de otra persona para abordar esta obra que se propone como proyecto de vida. Pero la realidad de su trabajo como abogado lo obliga a relegar su pasión naturalista a los días festivos. Después de tantos años de dedicación solo consigue abarcar en sus incursiones la parte occidental de la isla. Sus apuntes y herbarios recogen únicamente dos tercios de las posibles especies. Se siente un Robinson de la ciencia en medio del escaso interés general. Frustrado, piensa en quemar sus apuntes e ilustraciones. En los últimos años sistematiza todo el material del que dispone para que otros en mejores circunstancias lo culminen. Sin embargo, su trabajo permanece otros ciento treinta años perdido en una impasibilidad límbica que lo conserva y al tiempo lo invisibiliza, de la que emerge como la preciosa carga de un pecio caribeño, liberado ya de sus carencias metodológicas y enriquecido como documento para la historia.

La obra constituye una casi-clasificación botánica, y su aparición reciente, sobrenaturaleza, tomando prestada con toda ironía esta noción de la antropología amerindia. Su amplio trabajo instaura una trama de sentido que parece estar encima o debajo del paisaje que nunca pudo ordenar. Una figuración metódica de los taxones de la isla que deviene clasificación científico-fantasmal, cruzada por múltiples tensiones de la época; ejecutada desde el íntimo romanticismo del naturalista decimonónico y su misión reveladora del orden natural, subrayada –y ahora lo sabemos– por la profunda convicción moderna como científico de estar describiendo un universal, un exterior a la cultura y a la sociedad. Sin embargo, estas certezas adquieren otros matices bajo el rol de científico aficionado, amateur, aunque intensamente comprometido, desamparado y arrojado al ingente trabajo de campo, que emplea sus propios recursos durante décadas, que servirán solo para componer exiguas citas en el trabajo de otros. También su presencia en una colonia antillana como abogado español, en una época en la que ese ordenamiento jurídico se tambaleaba, sin ser un representante genuino de ese poder, ofrece una figura prototípica de la cultura periférica. Su lugar de procedencia, las Islas Canarias, atravesaba en esos momentos las mismas tensiones que culminaron con la pérdida de las últimas colonias españolas en el Caribe. Que las incursiones botánicas de Bello y Espinosa coincidieran con la geografía de la resistencia independentista en el sector occidental de Puerto Rico es cuando menos interesante. También su desaparición de la historia, a pesar de haber realizado estudios tempranos y valiosas aportaciones a la historia natural del Caribe, a lo que se une además la pérdida de unos apuntes botánicos de las Islas Canarias. Todo parece confabularse para borrar su rastro; sin embargo, no es más que el empeño de un hombre que trata de superar el oscurecimiento del tiempo, que en su mal comprendida condición de amateur en el redundado contexto colonial hace de él nadie, prácticamente.

Ni bienaventurados como los elegidos, ni desesperados como los condenados, están llenos de una alegría para siempre sin destino. (Agamben, 1996)

El descubrimiento del drama, 2012
Impresión digital sobre papel baritado
36,6 x 55 cm
edición 1 de 1